El concepto de hacer turismo ha cambiado radicalmente en los últimos años. Lo que antes consistía en recorrer iglesias, museos y enclaves pintorescos para volver a casa con un álbum de fotos y la satisfacción de haber tachado un destino del mapa, hoy se ha transformado en una búsqueda de experiencias más profundas y participativas.

Según reflexiona el periodista Guillermo Elejabeitia en su columna para 7Caníbales, el turismo atraviesa actualmente una fase de reinvención en la que nadie quiere sentirse «el otro», ese visitante que contempla desde fuera una vida ajena. La aspiración actual pasa por sentir, aunque sea momentáneamente, que se forma parte del lugar visitado.
De la contemplación a la inmersión gastronómica
La evolución del sector turístico gastronómico ha seguido tres etapas claramente diferenciadas. Primero llegó la época de los talleres y visitas guiadas, donde ya no bastaba con admirar monumentos: había que aprender cómo se elabora el vino, el queso o el aceite. Un paseo por bodegas o queserías, rematado con una cata, permitía llenar una tarde y regresar a casa con conocimientos técnicos para presumir al degustar estos productos.
Ahora, sin embargo, lo que se demanda son las llamadas experiencias inmersivas. El turista contemporáneo no quiere solo observar ni comprender desde la distancia: desea ponerse el delantal, remangarse y cocinar, salir al campo a recolectar o amasar en un obrador. La meta es simular que forma parte del engranaje productivo del lugar, aunque sea por unas horas.
Esta reflexión surgió durante la segunda edición de DiscoverEAT, encuentro celebrado en Sigüenza que reunió distintas perspectivas sobre el turismo gastronómico no urbano. Un sector que suele analizarse desde dos extremos igual de simplistas: como panacea del desarrollo rural o como amenaza que desdibuja la identidad de los destinos y expulsa a sus habitantes originales.
El modelo de Copenhague: diseñar para el habitante
Para romper esa sensación de artificio que genera el turismo masificado, algunas ciudades han apostado por estrategias innovadoras. Copenhague ha destacado por una idea aparentemente sencilla pero revolucionaria: diseñar la oferta turística pensando en el habitante local, no en el visitante. El resultado ha sido que ciudadanos y viajeros comparten espacios con naturalidad, sin la fricción que se vive en destinos como Venecia, Barcelona, San Sebastián o Lisboa.
Granada, con su riqueza patrimonial y gastronómica, enfrenta retos similares. El Albaicín y sus miradores atraen miles de visitantes, y el sector turístico granadino podría inspirarse en modelos como el danés para equilibrar la experiencia del turista con la calidad de vida del residente. La clave estaría en integrar al visitante en la vida cotidiana de la ciudad sin convertir sus espacios en escenarios preparados exclusivamente para el consumo turístico.
La paradoja del turista moderno
Resulta curioso, señala Elejabeitia, cómo a todos nos encanta viajar pero nadie quiere ser identificado como turista. Ese personaje que ocupa espacios señalizados, donde todo está pensado para él y donde, paradójicamente, casi no hay nadie más del lugar. El viajero contemporáneo busca autenticidad, aunque esa búsqueda genere a veces nuevas formas de artificio.
El sector gastronómico granadino, desde restaurantes comprometidos con sus raíces hasta la promoción de productos con denominación de origen, tiene ante sí el desafío de ofrecer experiencias auténticas sin desvirtuar la esencia de su oferta ni la vida cotidiana de sus habitantes.
Al final, cuando viajamos no queremos ser «el otro» mirando desde fuera. Queremos, aunque sea por un instante, sentir que formamos parte del lugar. Y esa aspiración define el futuro del turismo gastronómico en Granada y en cualquier destino que aspire a la sostenibilidad y la autenticidad.
Fuente: 7Caníbales · Documento oficial: enlace · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Vogranada con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.
